Tarfaya

Llegamos a Tarfaya a la hora prevista, las 5 de la tarde. Por fin pisamos el ansiado continente. Sin embargo, para empezar a adaptarnos al ritmo africano, nos cae la noche en el paso fronterizo. Tras 20 minutos de ruta hacia el sur, y con los nervios de la primera noche, encontramos un lugar más o menos azocado entre unas dunas a escasos metros del mar. Cuando nos disponemos a preparar la cena, nos damos cuenta de nuestro primer error de cálculo: las bombonas de gas y el quemador son totalmente incompatibles. Tras una maravillosa cena compuesta por frutos secos y galletas, nos metemos en las casetas “two seconds”, mecidas por una brisa cada vez más intensa.
Cuando empezábamos a conciliar el sueño, nos despertaron unas voces en árabe y unas linternas que asomaban por detrás de la duna que nos cobijaba. Yeray demuestra sus sorprendentes dotes de francés y su enorme capacidad comunicativa, descubriendo a dos personas armadas con ametralladoras, eso sí, debidamente uniformadas. Un pequeño sobresalto que acabó con un amistoso “buenas noches” por parte de la guardia militar que patrullaba la zona.

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La mañana siguiente descubre unas casetas completamente empapadas por la tarozada y nos pone en marcha para empezar el camino en dirección sur a través del desierto.
Tras una travesía de dos horas entre llanos de arena y roca, salpicados por pequeños matorrales y esporádicas manadas de dromedarios, llegamos a El Aaiún (Laayoune). Cambiamos euros a dirhams, llenamos los bidones de gasolina super y almorzamos en un pequeño y solitario bar. Al mediodía salimos de la ciudad con dirección al cabo Bojador (Boujdour), pequeña y poco acojedora población, en donde compramos frutos secos y alguna cosa más. Abandonamos Boujdour y enseguida nos sorprende la maravillosa vista de una interminable playa que se exiende 50 kilómetros hacia el sur. Decidimos acampar en lo alto de la meseta que nos separa de la costa, ya que no somos capaces de encontrar ninguna pista que baje hasta el mar. Descubrimos que a nuestro alrededor hay pequeñas jaimas dispersas entre los matorrales, probablemente cobijo de los pescadores locales. Montamos las tiendas al aparente abrigo de una preciosa duna, que nos esconde de la carretera principal. Un pequeño alacrán nos alegra la vista mientras recogemos piedras para sujetar las casetas. Para cenar, un plato de pasta cocinada con nuestra primera bombona de gas africana. Mientras disfrutamos del maravilloso cielo africano, el viento comienza a hacerse notar y decidimos echarnos a dormir.

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dsc_4533.jpgSegundo error: la facilidad para montar las casetas “two seconds” es sólo comparable a su incapacidad para retener los vientos del desierto y la arena que viaja con él. Una capa de dos centímetros acolcha el interior de las casetas a la mañana siguiente.

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4 Respuestas a “Tarfaya”


  1. 1 Quique Lang Marzo 7, 2008 a las 9:37 am

    Wow…espero que puedan seguir documentando el viaje….y sobre todo que profundicen en las anécdotas cotidianas de una cultura tan diametralmente opuesta a la nuestra….muchos ánimos….

  2. 2 Hunfrys Marzo 11, 2008 a las 8:52 am

    Animo cabrones bigotudos!! Me gusta este blog, sigan informando de la hazaña, que estare atento. Un abrazo y mucha fuerza, panda de mamonudos

  3. 3 Hunfrys Marzo 11, 2008 a las 8:55 am

    Panda de canariones africanizados!!Un abrazo muy grande y mucho animo, sigan informando, que les estare siguiendo.

  4. 4 Ana Marzo 26, 2008 a las 2:01 pm

    Hola Pablo!¡
    Soy Ana, tu prima de Gran Canarias. La tía Ana me enceñó esta web y me la leyó.
    Me quedé asombrada de todas las aventuras que han pasado. Que susto se tubieron que dar cuando descubrieron lo de las ametrayadoras. Espero que no te pase nada. Te estaré esperando en GC!!!!! XD
    ^.^

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