Archivos para la Categoría '- malí'

Mapa de la ruta Bamako-Saint Louis

A partir de la “evacuación” de Yeray decidimos volver a Saint Louis sin mucha demora tomando la ruta del sur en Malí y la del centro en Senegal. En Matam nos indicaron que la carretera del norte, la que discurre paralela al río Senegal (frontera natural con Mauritania) era más rápida. La travesía ya la conocen, pero ahora les adjuntamos un mapa con la ruta definida. Tardamos cuatro días en alcanzar la desembocadura del río Senegal, cuyo curso seguimos desde la presa de Manantali.

Hoy el cuentakilómetros del Feroza marca 6500km, desde que lo pusimos a cero el día que llegamos a Tarfaya (29 de febrero).

De la tierra al asfalto (o la entrada en Senegal)

A las 5.30 nos despierta “Vakita gitana”, composición de nuestro amigo Federico (Chaps), en el despertador del móvil de Pablo. Un vaso de agua caliente con gofio, azúcar y leche en polvo, como cada mañana. Una rápida recogida del campamento, una pequeña organización del coche y salimos, entre baobabs, a la carretera para continuar la ruta. Las condiciones del camino no cambian en absoluto con respecto a la jornada anterior, pero el fresco de la mañana hacen mucho más agradable las primeras horas de conducción. Al poco tiempo de la marcha cruzamos de nuevo el río Senegal por un puente que nos invita a detenernos y tomar unos planos y unas fotos. Pablo se anima y graba un sonido ambiente con el equipo de audio.

El camino continúa atravesando pueblos preciosos, de casas circulares de adobe y paja, algunas de ellas decoradas con pinturas muy parecidas a las que hace muchos siglos los aborígenes de Gran Canaria plasmaron en la cueva pintada de Gáldar. La gente sale a saludarnos con una gran sonrisa y los niños, exaltados, se acercan corriendo a veces para saludar, otras para pedir regalos… (triste legado de los turistas que pasaron antes que nosotros por aquí).

Poco después del mediodía pasamos por unas cascadas preciosas, indicación, por lo que habíamos visto en Google Earth, de que estábamos cerca ya de Kayes.

En poco menos de una hora llegamos a la ciudad. Compramos agua y gasolina y continuámos la marcha hacia Kidira, frontera con Senegal. Como habíamos imaginado, la salida de Malí fue tan sencilla como la entrada, y a las 14.30, tras media hora de gestión aduanera, estábamos en Senegal otra vez.

La carretera, ya desde Kayes, era de asfalto nuevo y nos permitía alcanzar los 90km/h con el feroza. No solemos superar esta cifra por cuestión de ahorro de combustible y seguridad. Ya en Senegal el asfalto deja un poco que desear, pero mantenemos un buen ritmo. Una parada bajo un baobab para comer una papaya y unos mangos malienses, una foto y continuamos el camino.

Un pequeño error de cálculo nos hace perder bastante tiempo entrando en un pueblo que podíamos haber pasado de largo si hubiésemos visto el cruce que quedó atrás. El aumento de socavones en el asfalto ralentizan la marcha y la amortiguación del feroza se lleva un par de sorpresas desagradables. Nuestra meta, pasar Matam, queda demasiado lejos y decidimos acampar antes (en distancia, no en tiempo) de lo previsto. El sol sigue marcando nuestro ritmo.

Bamako y el largo regreso hacia Senegal

Bamako nos causó desde un primer momento una agradable sensación. De todas las grandes urbes africanas que hemos visitado en este viaje (Nouadhibou, Nouakchott, Saint Louis y Dakar) ésta ha sido la más amable de todas. La gente sonríe al saludar, las calles rebosan de vida y el río da un encanto especial a la ciudad.
Aunque conducir sigue exigiendo la máxima concentración, no se siente la tensión y la agresividad de las otras ciudades. De todas nuestras vueltas por la capital, quizás el sitio con más encanto que visitamos fue el mercado de los artesanos, un bullicio de gente y artículos variados donde, entre otras muchas cosas, pudimos contemplar cabezas de animales disecadas que suponemos eran para prácticas animistas. También había instrumentos musicales típicos de Malí y collares de todas las formas y colores.

Un día después de la evacuación de Yeray salimos hacia Kayes por la carretera del sur (la que el primer día no habíamos tomado por equivocación). Tras varias horas de travesía, llegamos hasta Kita y nos adentramos unos 40km en una reserva natural por una excelente pista de tierra. Elegimos un lugar tranquilo para acampar (cosa nada difícil, por cierto) y a las 7.30 de la tarde estábamos ya en la caseta.

A la mañana siguiente, nada más salir el sol continuamos nuestra ruta, que consistió en deshacer el camino de tierra que nos había llevado a la reserva y retomar la carretera principal en dirección oeste. La carretera de asfalto se convirtió a los 5 minutos en una pista de tierra muy ancha y lisa. Al cabo de un rato volvió el asfalto (esta vez en condiciones bastante lamentables) alternado con tramos de tierra poco prometedores. El trecho hasta Manantali, la gran presa que domina el curso y el ritmo del río Senegal, fue bastante lento y por momentos cruzábamos los dedos para que apareciera la masa de agua tras la siguiente curva.

Unas horas más tarde de lo previsto alcanzamos el muro gigante. El curso del río era espectacular presa abajo y no pudimos resistir el parar a darnos un baño y comernos un par de mangos. El agua fresca y transparente sirvió para retomar la ruta con ganas y quitarnos la tierra de encima. A los cinco minutos, todo lo que quedaba del baño era un lejano recuerdo, y la carretera (en este tramo una buena pista de tierra que nos permitía llegar a los 75km/h) devolvió el tono rojizo a nuestros cuerpos.

Apenas había pasado media hora, cuando llegamos a un pequeño pueblo. Tras aflojar la marcha preguntamos cual era el camino a Kayes, ya que de las diversas carreteras que salían del mismo, ninguna parecía ser la principal. La ruta se iba a convertir en un camino de cabras. La frase que Pablo no paraba de repetir era: “esta no puede ser la carretera…” Tony secundaba la afirmación.

Después de preguntar de nuevo a un par de personas por el camino a Kayes, encender el gps y plantearnos dar la vuelta hasta el pueblo, decidimos continuar unos kilómetros a ver si la cosa cambiaba. Efectivamente cambió, porque llegamos directamente una bifurcación del río, en la que presumiblemente deberíamos coger un transbordador. Las chicas que limpiaban la ropa en la orilla nos indicaron que debíamos tocar la pita para que vinieran a buscarnos. Tras 20 minutos, el transbordador llegó y el feroza volvió a cruzar el río Senegal: la primera vez en Roso, frontera de Mauritania con Senegal y esta vez dentro de Malí. Las vistas eran espectaculares.

en el transbordadordurante el baño

El camino no sólo no mejoró tras cruzar el río, sino que se volvió más lento y pesado. Las horas más calurosas del día (a las 14.30 estábamos en la otra orilla) tampoco hicieron agradable el paseo.

Tras unas cuantas horas en que no pasamos de primera y segunda, con varias paradas para poner la tracción en las cuatro ruedas y viendo que la noche se nos venía encima, decidimos encender de nuevo el ordenador con el gps. La situación fue la siguiente:

Acampamos donde pudimos y descansamos tras un largo día de carretera. El día siguiente iba a ser muy duro si queríamos adentrarnos en Senegal para llegar a Saint Louis dos días más tarde.

La llegada a Malí (y la salida de Yeray)

El camino de Tambacounda hasta Kidira resultó un rápido paseo de apenas dos horas de duración. Casi no podíamos creer que en ese tiempo fuéramos capaces de recorrer 150 kilómetos. La frontera de Kidira resultó sorprendentemente fácil de superar. Si fuese por la policía y los militares hubiésemos pasado sin pasaportes ni seguro. De hecho fuimos nosotros los que tuvimos que buscar la aduana y el puesto de control, ya que no están ni siquiera señalizados. La única nota desagradable es que en Kidira no se puede obtener el seguro del coche para Malí y la única alternativa (aparte de volver a Dakar) era sacarlo en Kayes, recorriendo de esta manera unos 80 km sin los papeles en regla. El mismo policía que nos selló los pasaportes nos dejó caer que probablemente tuviéramos que sobornar a la gendarmería si nos paraban en algún control. Al final no tuvimos ningún problema en llegar hasta allí. De hecho, durante toda nuestra estancia en el país no nos paró la policía ni una sóla vez. En este aspecto la cosa es muy diferente al resto de países por lo que hemos pasado, y tal vez uno de los motivos por los que tanto nos ha gustado Malí.

Kayes es una ciudad al borde del río Senegal que parece un pequeño pueblo bastante destartalado y es, además, una de las zonas más calurosas del país. Después de comer en un pequeño puesto en la calle (posible foco de infección de nuestro evacuado compañero) realizamos los trámites del seguro y partimos en busca de un buen lugar para dormir. Los precios y la calidad de las habitaciones nos empujaron a continuar el camino y dejar atrás la que fue antaño capital de Malí. Continuamos por la ruta del norte (en un principio pensábamos ir por el sur pero nos equivocamos de carretera y no nos dimos cuenta hasta que llevábamos unos cuantos kilómetros de marcha). Este pequeño error de cálculo fue realmente un gran acierto, ya que la carretera del sur, como comprobarán más adelante, resulta ser una ruta exclusiva para 4×4, muy dura, pero a la vez muy gratificante, por los paisajes y los pueblos por los que pasa. Si Yeray hubiese caído enfermo durante este trayecto lo hubiera pasado muy mal, ya que es imposible llegar a Bamako en menos de dos días por este camino.

Antes de que se pusisese el sol encontramos un buen lugar para acampar, apartado de la carretera y con unas vistas preciosas, pero donde pasamos la que hasta ahora ha sido la noche más calurosa de todo el viaje. Desde entonces, Yeray y Tony se quedaron con esta frase: “aquí no se mea, se suda”.

Al día siguiente nos levantamos temprano (antes del amanecer) y partimos hacia Bamako, donde a las cuatro de la tarde pudimos cruzar el río Níger por primera vez. Atravesamos la ciudad en dirección este hasta el albergue Kangaba, lugar del que teníamos referencias (coordenadas incluidas) gracias a un cartel que habíamos visto en Dakhla (Sáhara Occidental). Al atardecer fuimos a dar un paseo y ya de noche Yeray empezó a sentirse mal.

Dos días después lo dejamos en el aeropuerto de Bamako rumbo a Dakar, donde esperábamos (ilusos) que pudiera coger un avión esa misma noche a Las Palmas. La vuelta al campamento fue extraña. El feroza cargaba sólo con dos de nosotros. El viaje ya no iba a ser el mismo. Te echamos de menos.