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El regreso a casa o las lágrimas de África

Finalmente hemos llegado a casa. En Dakhla pasamos dos noches más, donde pudimos disfrutar de las playas, además de un tradicional couscous, bocadillos de kefta y pollo y un delicioso estofado de carne de camello con cebolla y papas fritas (cortesía de nuestro amigo Ahmed). El único inconveniente de estos días de descanso fueron las pulgas, indeseables compañeras de saco durante dos noches. El día 19 salimos a las siete de la mañana hacia Tarfaya. El viaje se hizo largo, pero llegamos a nuestro destino al atardecer. Antes tuvimos tiempo de tomar unos bocadillos de kefta y pollo en El Aiunn. Acampamos a unos 20 km del pueblo de pescadores, arropados por una duna que nos protegía del viento y nos dimos el último baño en las aguas de Marruecos (Tarfaya ya es sur marroquí), a apenas 100 km de la costa canaria.

Al día siguiente nos despertamos temprano y recorrimos los últimos kilómetros continentales. La mañana estaba nublada y por primera vez en todo el viaje, una pequeña lluvia, apenas un chispeo, cayó sobre el Feroza. Parecía que África derramaba unas pocas lágrimas de despedida. A las 10 salimos con destino Fuerteventura. Tras cuatro horas de crucero y una hora y media de espera en la frontera española salimos disparados hacia Morro Jable con la esperanza de cambiar los billetes y salir esa misma tarde hacia Gran Canaria (los billetes tenían salida desde Puerto del Rosario y ningún barco salía hasta pasados dos días). Cumplimos nuestro objetivo, aunque en parte nos quedamos con pena de no haber dedicado un poco de nuestro tiempo a Fuerteventura, ya que teníamos en mente pasar dos noches de acampada si no nos cambiaban los billetes.

A las nueve y media de la noche desembarcamos en el Puerto de la Luz. Casi dos meses después de la partida, estábamos de nuevo en casa.

Dakhla

dsc_4569.jpgDakhla, antigua Villacisneros, acogedora ciudad fundada por los españoles en 1884, es nuestra siguente escala. Una península alargada de unos 40km, con una población de unos 30.000 habitantes, a la que cada vez más turistas llegan para practicar windsurf, kitesurf y pesca deportiva. Casualmente coincidimos con el festival de música de la ciudad, del que apenas disfrutamos, ya que no podemos alejarnos mucho del coche, nuestra casa en este viaje. Aún así, nos sorprende el cálido ambiente de la vida nocturna de sus calles, los zocos (mercados) y puestos de comida, que mantienen su actividad hasta altas horas de la noche. Por casualidad encontramos un pequeño camping al lado de una playa en las afueras de la ciudad y decidimos pasar la noche en una jaima.

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Nada más despertarnos vamos a hacer unas compras a la ciudad y no podemos resistirnos a echar una pesca submarina al norte de la península, donde encontramos una preciosa cala, perfecta para entrar al agua. Conocemos a Ahmed, un amable saharaui que comparte su jaima con un australiano que lleva cinco años viajando sólo por el mundo. Nos confirma el carácter sincero y amable del pueblo saharaui. Después de la pesca nos invita a un dulcísimo té, que correspondemos con un par de lebranchos (mujoles). Salimos un poco tarde de la península en dirección sur y encontramos una preciosa playa (llamada Puerto Rico, por cierto) llena de curiosidades geológicas, como rocas sedimentarias llenas fósiles y rosas del desierto.

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Yeray entabla amistad con un simpático militar marroquí, que nos ofrece protección si acampamos en medio de un hermoso vertedero, a cambio de darle nuestras direcciones y números de teléfono. La interminable insistencia del joven, su enorme capacidad persuasiva y la creciente ventolera, nos hacen abandonar la playa en medio de la noche y dirigirnos hacia un enclave estratégico situado al norte, que encontramos con el gps y el google earth. El resultado: estrenamos por fin la pala y las planchas para arena en medio de un temporal de viento. Entre tanto, disfrutamos del amplio cielo del desierto saharaui. (coordenadas:N23؛35′02.88″ O15؛52′30.33″). La insistencia del viento nos desmorona por un rato y decidimos volver a Dakhla con la cabeza baja y en silencio. En el camping nos reciben extrañados pasadas las 11 de la noche y nos ofrecen una única posibilidad: una pequeña cabaña de madera que cuesta el doble que la jaima. Totalmente derrotados preparamos un caldo con la pesca de la tarde, que acompañamos con un reconstituyente gofio escaldado. Desierto 1, nómadas 0.

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img_4514.jpgLa mañana nos recibe relativamente descansados y convencidos de la necesidad de reorganizar el coche y nuestras mentes. Si queremos entrar en Mauritania debemos prepararnos mejor y salir a la mañana siguiente bien temprano. Cenamos en Dakhla una copiosa comida compuesta por pollo, cordero y carne picada (kefta), en un bar abarrotado de gente local.

Tarfaya

Llegamos a Tarfaya a la hora prevista, las 5 de la tarde. Por fin pisamos el ansiado continente. Sin embargo, para empezar a adaptarnos al ritmo africano, nos cae la noche en el paso fronterizo. Tras 20 minutos de ruta hacia el sur, y con los nervios de la primera noche, encontramos un lugar más o menos azocado entre unas dunas a escasos metros del mar. Cuando nos disponemos a preparar la cena, nos damos cuenta de nuestro primer error de cálculo: las bombonas de gas y el quemador son totalmente incompatibles. Tras una maravillosa cena compuesta por frutos secos y galletas, nos metemos en las casetas “two seconds”, mecidas por una brisa cada vez más intensa.
Cuando empezábamos a conciliar el sueño, nos despertaron unas voces en árabe y unas linternas que asomaban por detrás de la duna que nos cobijaba. Yeray demuestra sus sorprendentes dotes de francés y su enorme capacidad comunicativa, descubriendo a dos personas armadas con ametralladoras, eso sí, debidamente uniformadas. Un pequeño sobresalto que acabó con un amistoso “buenas noches” por parte de la guardia militar que patrullaba la zona.

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La mañana siguiente descubre unas casetas completamente empapadas por la tarozada y nos pone en marcha para empezar el camino en dirección sur a través del desierto.
Tras una travesía de dos horas entre llanos de arena y roca, salpicados por pequeños matorrales y esporádicas manadas de dromedarios, llegamos a El Aaiún (Laayoune). Cambiamos euros a dirhams, llenamos los bidones de gasolina super y almorzamos en un pequeño y solitario bar. Al mediodía salimos de la ciudad con dirección al cabo Bojador (Boujdour), pequeña y poco acojedora población, en donde compramos frutos secos y alguna cosa más. Abandonamos Boujdour y enseguida nos sorprende la maravillosa vista de una interminable playa que se exiende 50 kilómetros hacia el sur. Decidimos acampar en lo alto de la meseta que nos separa de la costa, ya que no somos capaces de encontrar ninguna pista que baje hasta el mar. Descubrimos que a nuestro alrededor hay pequeñas jaimas dispersas entre los matorrales, probablemente cobijo de los pescadores locales. Montamos las tiendas al aparente abrigo de una preciosa duna, que nos esconde de la carretera principal. Un pequeño alacrán nos alegra la vista mientras recogemos piedras para sujetar las casetas. Para cenar, un plato de pasta cocinada con nuestra primera bombona de gas africana. Mientras disfrutamos del maravilloso cielo africano, el viento comienza a hacerse notar y decidimos echarnos a dormir.

dsc_4499.jpgdsc_4531.jpg dsc_4540.jpg

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dsc_4533.jpgSegundo error: la facilidad para montar las casetas “two seconds” es sólo comparable a su incapacidad para retener los vientos del desierto y la arena que viaja con él. Una capa de dos centímetros acolcha el interior de las casetas a la mañana siguiente.

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