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De Saint Louis a Dakhla y la salud del Feroza

Por supuesto no llegamos de día a Nouakchott. Al salir de Saint Louis, cuando habíamos superado los tediosos controles policiales, un siniestro ruidillo nos hizo miranos mutuamente unos instantes. El volumen se incrementó rápidamente y paramos el coche en el andén. Abrimos el capó y comenzó a salir humo de una de las correas. Apagamos el motor y la frase de Tony fue: “Me da que nos volmemos en barco desde Dakar”. En uno de los volantes de la correa de la bomba de la dirección se podía observar un trozo de metal fundido que sobresalía del mismo con un aspecto desmoralizador. Inmediatamente llamamos al mecánico que minutos antes había soldado las grietas del radiador y acudió enseguida en su moto. Su rápido diagnóstico nos tranquilizó al instante. Al parecer los cojinetes se habían quedado sin grasa. Esperamos unas horas tirados al borde de la carretera hasta que volvió con el recambio y montó la pieza. Eran las tres de la tarde y tuvimos que decidir si dábamos la vuelta para salir al día siguiente o proseguíamos el camino con la certeza de tener que conducir de noche hasta Nouakchott. Optamos por la segunda opción y nos dirigimos hacia Diama, una presa que rompe el río Senegal y hace de paso fronterizo con Mauritania. No tuvimos muchos problemas para cruzar la frontera y después de unas dos horas y media de pista de tierra alcanzamos Rosso. Todo el trayecto entre Diama y Rosso lo hicimos sin el pertinente seguro mauritano para el coche, pero en los escasos controles que encontramos no nos solicitaron el documento. Para nuestro asombro la policía mauritana se mostró bastante amable. En Rosso volvimos a recordar el agobio que causa ese lugar mientras cambiábamos euros a ouguillas y sacábamos el seguro. Ya eran las seis y media cuando comenzamos el camino a Nouakchott.

El trayecto hasta la capital mauritana pasó sin sobresaltos y poco a poco nos fuimos acostumbrando al lenguaje de luces que se aplica en los trayectos nocturnos. La mayoria de la gente pica las luces indiscriminadamente y pone los indicadores según su propio criterio, suponemos que para marcar su posición, aunque no descartamos la existencia de algún lenguaje parecido al morse, con estructuras gramaticales luminosas bastante complejas. Sobre las diez y media llegamos a Nouackchott, donde nos esperaba un médico amigo de un amigo que nos acogió en su casa y nos invitó a cenar (hamdoulilah). Depués de una jornada agotadora caímos rendidos sobre los colchones, pero contentos de haber superado dos averías en tiempo récord y haber alcanzado nuestra meta.

Por la mañana temprano nos despertamos y preparamos el coche. Todavía asustados por las primeras averías del Feroza vimos que todo estaba bien y nos lanzamos de nuevo a la carretera. El objetivo del día era nada menos que recorrer poco menos de 1000 km hasta Dahkla, con frontera mauritano-marroquí incluida. El primer incidente no tardó en llegar: en uno de los inumerables controles policiales-militares el cuentakilómetros dejó de funcionar. Otro aviso de que el Ferozihna estaba empezando a notar la caña que le habíamos dado durante el viaje. Al menos el tiempo acompañó durante todo el trayecto y el calor no hizo estragos, a pesar del fuerte viento del este que sopló durante toda la jornada. Siempre quedará en nuestra memoria la alfombra móvil de arena que atravesaba la carretera a nuestro paso, que por cierto, sacó brillo a las sucias llantas del coche.

Sobre las tres y media por fin alcanzamos la frontera. En uno de los largos ratos de espera Tony realizó un descumbrimiento aterrador: el amortiguador trasero izquierdo estaba completamente destrozado. No nos estamos refiriendo a que hubiera cedido por el uso, sino que literalmente estaba partido en dos, algo que nos dejó atónitos y bastante desmoralizados. Otra de las anécdotas “graciosas” del día fue perder la pista en la “tierra de nadie”, una carretera de tierra de 2.5 kilómetros en bastante mal estado que atraviesa una zona minada. Sin comentarios. Una hora y media después habíamos realizado los pertinentes trámites y pudimos seguir camino a Dahkla. Los últimos kilómetros del trayecto se hicieron agotadores. Otro día más superamos las doce horas de conducción. En apenas 24 horas habíamos pisado nada menos que tres países.

Llegamos a Dahkla a las once de la noche y nos dirigimos hacia el camping donde nos habíamos alojado hacía poco menos de dos meses, pero para nuestra desgracia las maravillosas jaimas que habíamos usado aquella vez estaban desmontadas. Al final optamos por montar nuestra propia caseta, preparar una cena rápida y desplomarnos sobre nuestras esterillas.

Nuestro querido compañero de viaje (compañera para Pablo) no deja de toser. Después de las fisuras en el radiador, la fundida del cojinete en la bomba de la dirección, la pérdida del cuentakilómetros y la ruptura del amortiguador, descubrimos con horror que el coche sigue perdiendo líquido refrigerante. Estamos bastante preocupados con la viciada dinámica que está empezando a coger (aunque seguimos confiando en el Feroza y sabemos que nuestro destino es llegar a casa con él en marcha). Ya sólo quedan unos 700 kilómetros hasta Tarfaya, por lo que hemos decidido seguir el camino muy atentos al radiador. La única buena noticia es que en una de las revisiones hemos arreglado el cuentakilómetros.

Como compensación a tanto sufrimiento, hoy nos hemos dado un baño dentro de la península de Dakhla, concretamente en la calita habitada por nuestro amigo Ahmed, quien por supuesto nos obsequió nada más llegar con un dulcísimo té saharaui y nos invitó (obligó) a comer al día siguiente con él. Por la noche, para completar la jornada, disfrutamos de un magnífico tajin marroquí que habíamos encargado con antelación en un restaurante tradicional que ya conocíamos de nuestra anterior estancia aquí.

Nouadhibou, Nouakchott y Rosso

Al día siguiente visitamos una preciosa playa al oeste de la península de Cabo Blanco. Largas extensiones de arena por las que pudimos conducir en lo más parecido al rally Dakar que hemos experimentado. Volvimos pronto para hacer una entrevista, precedida por una copiosa comida, acompañados por un grupo de cooperantes internacionacionales del que conseguimos muchos contactos para la vuelta. Al día siguiente hicimos un intento frustrado de levantarnos a las 5 de la mañana para acometer una de las jornadas más duras del viaje: calor, desierto, dunas y muchísimos kilómetros nos acompañaron en nuestra travesía de Nouadhibou hasta Nouakchott, capital de Mauritania.

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Llegamos algo tarde en busca de un contacto que no pudimos encontrar, por lo que acudimos a dormir a un albergue a la entrada de la ciudad. La verdad es que a ninguno de los tres nos gustó demasiado la belleza de la ciudad, más bien al contrario, pero por otro lado conocer el ajetreo y el caos de la capital mauritana es cuanto menos una experiencia para recordar.

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Sólo pasamos una noche en la ciudad, y temprano partimos hacia Saint Louis (Senegal). Nos dijeron que no habría problemas en la frontera con Rosso, aunque todos recordábamos la comparación del viajero australiano que literalmente dijo: “Rosso is hell”. Al final ni una cosa ni la otra, pero debemos reconocer que fueron tres horas muy largas de negociaciones con la policía y los militares de ambos países. Hemos aprendido a no separarnos de nuestros pasaportes, o al menos a no perderlos de vista cuando están en manos de las autoridades.

img_4571.jpgimg_4576.jpgEl paisaje desde Nouakchott hasta Rosso supone la transición entre el desierto y el Sahel. Las extensiones de arena se ven salpicadas ahora de arboles y zonas de suelo mas fértiles y el color de la tierra se torna cada vez más rojizo.

Nouadhibou

dsc_4601.jpgNos levantamos antes del amanecer y partimos en dirección Nouadhibou tras un ligerísimo desayuno compuesto por té y galletas. Tras cuatro horas de travesía bajo el insistente sol del desierto llegamos a una zona llena de minas que nos indica la cercanía del paso fronterizo. En media hora nos tramitan los papeles en la zona marroquí, para cruzar la mítica tierra de nadie, tres kilómetros de piedra y arena rodeados de minas y coches que se quedaron a medio camino entre las dos fronteras.

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El puesto mauritano consiste en una chavola de madera llena de moscas de aspecto siniestro. La actitud de los policías tampoco ayuda a tranquilizar el ambiente. No tardamos mucho en realizar los trámites de entrada al país, pero en el camino nos ventilan 25 euros. 15 en concepto de seguro para el coche y 10 directamente choriceados por soldados mauritanos. Tras pasar por varios controles militares y policiales donde nos piden sobornos (“presents” o “cadeau”) conseguimos llegar a Nouadhibou. De todos los controles sólo lo pasamos mal en uno de ellos. El soldado con más cara dura que hemos conocido en la vida registra el coche en busca de regalos, pero la destreza de Yeray (haciéndose el loco) y la poca elegancia de los gorros-souvenir de Fuerteventura que nos regaló Jota, el primo de Tony, impiden que se salga con la suya. Contactamos con Andrés (un amigo de Yeray que trabaja en la ciudad) y vamos a su encuentro en un cementerio de barcos donde está pescando con Mamito, un amable saharahui mauritano de carácter afable. Finalmente nos dirigimos a casa de Andrés, donde nos espera Raquel, quien también trabaja en la ciudad.

img_4554.jpgimg_4563.jpgAl día siguiente nos despertamos tarde y nos dirigimos hacia una playa a la que no podemos acceder por culpa de los militares, que tienen prohibido el acceso a la zona por razones de control del contrabando (o eso dicen). Cambiamos el rumbo y finalmente alcanzamos una playa desierta (20°55′32.89″N – 17° 0′52.83″O) a bastante poca distancia de la ciudad. El sitio es precioso, y el mar está como un plato. Pasamos la mañana pescando, aunque la captura es mínima (Tony es el único capaz de sacar un pequeño choco). Por la tarde asistimos a una de las clases que imparte Andrés sobre la piscicultura del pulpo. La mayoría son mujeres, aunque parece que muchas están solo para pasar el rato. Por la noche se improvisa una fiesta con amigos occidentales de Andrés y Raquel, además de Seck, hermano de Mamito. La noche resulta muy divertida (quién nos iba a decir que beberíamos ron arehucas, cantando y bailando pachanga en un país como Mauritania).